Constelaciones en la Edad Contemporania.

Por Eladio Miranda Batlle

Por fin, en 1922, se celebró un congreso astronómico internacional donde la recién creada Unión Astronómica Internacional, por sus siglas en inglés IAU (International Astronomical Union), puso orden en el convulso cielo donde fueron retiradas las Regadias de Federico, los gatos de Frames y demás desventuras.
A nombre de la IAU, el astrónomo belga Eugene Delporte, trazó los límites precisos entre las constelaciones en un libro titulado Delimitation scientifique des constellations cartes, en el cual se definían los límites de las constelaciones con líneas rectas y bordes rectangulares, y no por las figuras o imágenes históricas por las que se conocían tradicionalmente.
Para ello se basó en datos tomados en el año 1875 por el astrónomo Norteamericano B. A. Gould, que ya había realizado un trabajo similar con las constelaciones del sur ese mismo año. El trabajo de Delporte fue publicado finalmente en 1930.
Fue así que se aceptaron 88 constelaciones, que surgieron del modo siguiente. Se tomaron las constelaciones que tenían un posible origen mitológico, que se mencionaban en la Biblia, en las obras de Homero, Hesíodo, Hiparco y otros autores antiguos.
Del astrónomo Johann Bayer se tomaron las constelaciones mencionadas en su catálogo de 1603. Otro tanto hicieron con Hevelius, que había elaborado otro catálogo de estrellas en el siglo xvii, en el que mencionaba las constelaciones descritas en el siglo.
El astrónomo francés Nicolas Louis de Lacaille completó el catálogo con nuevas constelaciones de su propia cosecha. Solo falta, para completar las 88 constelaciones, incluir las tres en que se dividió la antigua Argos y la separación de Serpiente en dos nuevas.
También se adoptó el uso de tres letras para la abreviatura del nombre de las constelaciones, por ejemplo, la abreviatura de Andrómeda sería And., uso muy apropiado cuando el espacio en las cartas celestes era muy pequeño para escribir el nombre completo de la constelación.
Hoy en día, las constelaciones son útiles para los astrónomos no precisamente por su conexión con mitos antiguos, sino para determinar dónde pueden encontrarse en el cielo las diferentes estrellas. Muchas de las estrellas más brillantes tienen nombres individuales que vienen del griego, del latín o del árabe, muchos navegantes de embarcaciones y aviones las llaman por esos nombres. Los astrónomos, sin embargo, consideran más conveniente nombrarlas por sus constelaciones, con una letra griega, para distinguir las diferentes estrellas en cada constelación. Por ejemplo, Polaris, también conocida como la Estrella Polar en el Hemisferio Norte, es la estrella más luminosa en la constelación de la Osa Menor y el nombre que los astrónomos le dan es: α Ursae Minoris (alfa Ursae Minoris).
En publicaciones profesionales es usual usar los nombres propios de estrellas hasta la 1ra. magnitud y solo en el caso de nombres históricos de estrellas visibles se llega a la 2da. o 3ra. magnitudes

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