Historia de las Constelaciones
Por Eladio Miranda Batlle
Mirar al cielo en una noche estrellada fuera de la ciudad, puede convertirse en una experiencia sobre cogedora para todos, seamos o no aficionados a la Astronomía. Cualquiera de nosotros podría formar diferentes figuras geométricas con las estrellas que observamos; sin duda, esa misma experiencia la desarrollaron nuestros antepasados, cuya visión del cielo debió ser mucho más espectacular que la que hoy podemos observar en nuestros cielos contaminados, debido a la luz de las ciudades y el smog que genera nuestra civilización.
Estas agrupaciones que podríamos formar en el cielo se llaman constelaciones, las cuales toman su nombre de figuras mitológicas, religiosas, animales, objetos, etcétera. Casi todas las constelaciones llevan asociada una leyenda correspondiente a diferentes mitologías, llenas de fábulas y de historias. Otras, nombradas recientemente, toman su nombre de objetos más contemporáneos y están exentas de historias o leyendas grecolatinas. Basta con mirar unos cuantos libros de Astronomía relacionados con el tema, para comprobar la cantidad de mitos asociados con cada constelación, muchos de ellos incongruentes unos con otros. Eso da como resultado que muchos autores se copien entre ellos sin verificar de dónde salieron las leyendas o mitos, de los cuales muchos fueron trasmitidos de forma oral con las consecuentes divergencias.
Las constelaciones son agrupaciones estelares relacionadas entre sí de modo arbitrario. Puesto que en el cielo lo único que vemos es una proyección de todos los astros, las estrellas que se encuentran próximas en la bóveda del cielo formando una constelación, en realidad
están separadas entre sí a distancias que pueden ser enormes. Algunas estrellas de una constelación pueden estar relativamente próximas a la Tierra, mientras que otras pueden estar alejadas cientos de millones de kilómetros.
Es difícil, para cualquier persona, delimitar correctamente las constelaciones sin emplear los mapas celestes que aparecen en los libros y revistas.
Si tenemos la paciencia de observar las estrellas varias noches seguidas, veremos que las estrellas no se mueven unas con respecto a las otras; en cambio como grupo, recorren la bóveda celeste de este a oeste; así es frecuente oír que Orión es una “constelación de invierno para el Hemisferio Norte y de verano para el Hemisferio Sur”, mientras que el Cisne es una “constelaciones de verano para el Hemisferio Norte y de invierno para el Hemisferio Sur”.
El resultado de todo esto es que durante un año completo, mientras la Tierra va girando alrededor del Sol, unas constelaciones se van haciendo visibles de manera progresiva, mientras que otras se van acercando al Sol y, por tanto, haciéndose invisibles. Este ciclo se repite de manera exacta cada año. Excepto las constelaciones circumpolares que son visibles todo el tiempo, el resto de las constelaciones solo se ven en determinadas épocas del año.
La Vía Láctea es la galaxia en la que se encuentra nuestro Sol, la estrella más cercana a nuestro planeta Tierra. Hay un mito griego que cuenta, que el dios mensajero Hermes puso a mamar del pecho de Hera a un niño hambriento hijo de Zeus con una mujer mortal, que no era otro que el famoso Hércules. Hera enojada aparto con violencia al niño y un chorro de leche se desparramó por el cielo, motivo por el cual surgió entonces la Vía Láctea.
Los nombres de las estrellas que componen las diferentes constelaciones tienen orígenes diversos, algunos nombres les fueron otorgados por los griegos, otros por los romanos, pero la mayor parte de los nombres se los pusieron los árabes. En el siglo xvii, los astrónomos utilizaron el alfabeto griego para designar las estrellas. Las estrellas más luminosas de cada una de las constelaciones se denominaban por la letra alfa, la primera del alfabeto griego, y así sucesivamente: beta, gamma, etc. Pero como se supone que las posibilidades de las 24 letras griegas no alcanzaron por mucho tiempo para denominar a todas las estrellas, los astrónomos recurrieron a los números ordinarios para indicar estrellas de menor luminosidad. Se confeccionaron, entonces, catálogos que agrupaban a decenas de miles de estrellas, que aunque no tenían nombres propios, si tenían una numeración específica que hacía posible su clasificación e identificación en el cielo.
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