Las constelaciones en la Edad Moderna.

Por Eladio Miranda Batlle

El Almagesto de Ptolomeo fue la obra cumbre de la Astronomía hasta el Renacimiento, los nuevos descubrimientos y las nuevas rutas marinas que seguían los navegantes hicieron que cambiara el aspecto del cielo conocido hasta ese momento. Las 48 constelaciones compiladas por Ptolomeo revivieron hasta nuestros días, provenían de diferentes grupos de constelaciones que vivieron las distintas culturas por las que transitaron. Los primeros leones, toros y osos, junto con serpientes y gigantes, se unieron con las constelaciones del zodiaco, más nuevas constelaciones que surgían en los mares del sur formadas por monstruos marinos y ballenas, quedaron para siempre en los mapas del cielo.

Por esta época hay un florecimiento de las ciencias árabes, dado por el contacto de las culturas de los pueblos ocupados por el Islam. Este contacto, unido al interés de los clérigos y líderes musulmanes por el florecimiento de la Filosofía y la Ciencia, hicieron posible que se desarrollara la Astronomía hasta el punto que casi todas las estrellas tienen nombres árabes, derivados de los nombres griegos que aparecían en el Almagesto. También crearon términos, como nadir y cenit, y la difusión en Europa del astrolabio, perfeccionado por los árabes. Le dieron nombre a estrellas como Sirio, Aldebarán, Altaír o Antares.
En esa época se destaca el ya conocido astrónomo Al Sufí, que describió en detalle las 48 constelaciones de Ptolomeo y logró su difusión en la Europa de entonces. No menos importante es la confección de las Tablas Toledanas del siglo xi o las famosas Tablas Alfonsinas redactadas por orden de Alfonso X de Castilla, en las que se recogía todo el saber astronómico de los árabes. En el siglo xii, los astrónomos europeos comenzaron a utilizar en sus mapas celestes los nombres árabes de las estrellas como preferencia de los nombres latinos, esta práctica se fue desarrollando en la medida que los europeos tuvieron mayor acceso a textos islámicos e instrumentos astronómicos construidos por los árabes. En la ciudad española de Toledo, cientos de manuscritos árabes fueron traducidos al latín; esta ciudad se había convertido en el principal centro multicultural de la expansión de la cultura árabe. A través de ciudades como Córdova y Sevilla, muchos textos astronómicos árabes, traducidos al latín comenzaron a ser introducidos en la Europa Medieval. El Rey Alfonso X de Castilla, un estudioso de la Astronomía, pidió que se realizara una traducción del libro árabe Al Sufi al español viejo, el cual se tituló Libros de las Estrellas de la Ochaua Esfera, en 1256.
Alberto Durero, conocido por sus pinturas y dibujos en tiempos del Renacimiento Europeo, produjo quizás el primer mapa pintado de estrellas, llamado Imagines Coeli Septentrionales y Meridionales en el año 1515, según el clásico estilo griego. Aunque el estilo fue más artístico que astronómico, su estilo fue copiado después en el siglo xvi.
Navegantes portugueses, holandeses, españoles e ingleses exploraron nuevas rutas hacia el Oriente entre los siglos xv y xviii. Viajaban hasta el sur de África, doblaban el Cabo de Buena Esperanza hacia la India y China. El principal problema para orientarse en el Hemisferio Sur era que la posición de las estrellas no era muy clara en los mapas, en los mapas celestes existían áreas grandes del cielo donde no se señalaban aún constelaciones.
Otros navegantes como Américo Vespucio (en italiano Amerigo Vespucci) en sus viajes a América, Petrus Plancius, Frederick de Houtman y Pieter Keyser, durante sus viajes al sur, comenzaron a medir la posición de nuevas estrellas, organizándolas en 12 nuevas constelaciones que posteriormente fueron incluidas en el famoso Atlas de Bayer de 1603. Aunque se reconoce a Petrus Plancius como el primero en iniciar el proceso de creación de nuevas constelaciones en el Hemisferio Sur, Plancius entreno a Keiser en el uso del astrolabio que él le había donado para realizar observaciones celestes en la primera travesía neerlandesa a las Indias Orientales, en 1595. Keiser murió en el viaje y su compañero de observaciones astronómicas, Houtman, entregó los trabajos de Keiser a Plancius a su regreso, el cual incluyó las 12 nuevas constelaciones del Hemisferio Sur en un globo celeste creado por él y publicado en 1598.
En este punto, se puede hacer una cronología histórica de los mapas de estrellas que aún se conservan, ya que posterior al globo celeste de Plancius comenzó la época de los grandes atlas estelares.  

Los mapas de estrellas más antiguos que se conservan datan del año 1500 a. C. y se encuentran en techos y paredes de varias tumbas reales egipcias, como los techos del templo de Ranses y en bóvedas sepulcrales de reyes como la tumba de Senenmut. Sin embargo, estos dibujos no eran precisos pero sí esencialmente decorativos. Del año 650 a. C., hay un planisferio asirio en forma de tabla de arcilla denominado K8538, un mapa de estrellas de forma redonda dividido en 8 sectores iguales, donde se dibujaban constelaciones y escribían sus nombres, aunque no eran una representación completa del cielo.
Entre los años 300 a. C. y 100 a. C., el globo celeste de Kugel (un pequeño globo celeste de plata), puede ser el globo celeste más antiguo que ha sobrevivido, aunque no seguía las normas astronómicas del período grecorromano de la época de Hiparco, y el tamaño y la posición de las constelaciones no eran precisos. Del año 150 a. C. aparece el Globo de Farnese (Farnese Atlas) que dibuja la mayoría de las constelaciones de Arato, pero no las estrellas individuales; se cree que sea una copia romana de uno más temprano de origen griego.
Después apareció el catálogo de estrellas de Ptolomeo, en el año 140 d.C. que representaba las figuras de constelaciones descritas por Eudoxo y Arato.
Hacia el año 670 d.C., el mapa de estrellas chino de Dunhuang, confeccionado por Li Chunfeng, pintó todo el cielo visible de China; está considerado el mapa de estrellas portátil más antiguo que existe.En el cielo abovedado del palacio árabe Qusayr Amra, en Jordania, aparecío en el año 750 d.C. un mapa de estrellas que representaba las constelaciones según la tradición de Ptolomeo. Casi 100 años después se encontró el mapa de estrellas conocido como Leiden Aratea (manuscrito adquirido por la Universidad de Leiden, Países Bajos, en 1690), copia de manuscritos astronómicos y meteorológicos basados en los textos de Arato. Más tarde, en el año 1010, apareció el libro o mapa de estrellas Al-Sufi o “Libro de las Estrellas Fijas”;
en el cual se mostraban las figuras de las constelaciones por separado y las estrellas que las componían. En el año 1440 se hallaron los más tempranos mapas de estrellas occidentales que comprenden el Hemisferio Norte y el Hemisferio Sur; estos mapas quizás fueron cons￾truidos según los mapas perdidos del astrónomo y matemático alemán Regiomontanus, en 1425. Posterior a esta fecha, en 1598, Petrus Plancius pintó un globo celeste con las constelaciones del sur, así como las 48 constelaciones de Ptolomeo.
Tiempo después se plasmó la esfera celeste en un atlas estelar llamado Uranometría, Omniun Asterismorum..., publicado en 1603 por Johann Bayer, bávaro aficionado a la Astronomía. Este atlas fue el primero en cubrir toda la esfera celeste de forma precisa. Se basó en las ya famosas observaciones realizadas por Tycho Brahe (1546 -1601), célebre astrónomo Danés, el cual había obtenido posiciones más precisas que las del Almagesto, acabando con la dependencia que se tenía de la Astronomía Antigua. Tycho Brahe realizó muchas de sus observaciones a simple vista y contribuyó a edificar el primer instituto de investigaciones astronómicas de la época llamado Uraninborg, desde el cual catalogó más de 1 000 estrellas; no menos importante fue la observación que realizó a una estrella que por esa época cambiaba de magnitud inexplicablemente, burlándose de la inmutabilidad del cielo, fue la supernova que explotó en 1572; también se le agradece darle la categoría de constelación a la Cabellera de Berenice. Tycho entraría en la historia por la puerta grande al suministrar los datos necesarios para que Johannes Kepler desarrollase su revolucionaria teoría acerca del movimiento de los planetas.

Por su parte Johann Bayer compiló en su atlas estelar 11 de las constelaciones actuales: Pavo, Tucán; Grulla, Fénix, Pez Volador, Hidra Macho, Dorado, Camaleón, Ave de Paraíso, Triángulo Austral e Indio. También introdujo la costumbre de denominar a las estrellas más brillantes de cada constelación con letras del alfabeto griego. Aunque en la mayor parte de los casos siguió un orden decreciente de magnitud (alfa más brillante
que beta, etc.), para ciertas constelaciones, Bayer siguió el orden según la forma del asterismo, como es el caso de la Osa Mayor, o bien utilizó el criterio de denominar a la estrella situada más al norte como estrella principal, por ejemplo, Orión; introdujo el último grupo de nombres árabes de estrellas, tanto para uso científico como literario. Este período fue catalogado definitivamente como el de la mezcla final de nombres de estrellas en árabe, latín y griego.
A finales del siglo xvii, Johannes Hevelius astrónomo polaco realizó un nuevo catálogo nombrado Firmamento Sobiescianum, en el que hay cerca de 1564 estrellas pertenecientes al Hemisferio Norte, editado en 1690. Hevelius muestra las nuevas constelaciones descritas en el siglo: Canes Venatici, Lacerta, Leo Minor, Lynx, Scutum, Sextans y Vulpecula.
El siguiente atlas fue el Atlas Coelestis, publicado en 1729 por John Flamsteed (1646-1719), el primer astrónomo real británico, quien también tuvo a su cargo la creación del Observatorio de Greenwich. Este atlas se basó en las posiciones medidas con telescopio, publicadas en el Britannic Catalogue, también de Flamsteed.
El número de Flamsteed fue introducido en una edición francesa del atlas, este consistía en asignar un número a las estrellas más brillantes de una constelación en orden de ascensión recta,14 independiente de la clasificación de Bayer. “El francés Nicolas Louis de Lacaille durante los años 1750-1754 se dedicó a estudiar las estrellas y constelaciones del hemisferio austral desde los viajes que hacía al Cabo de Buena Esperanza, la parte más austral del continente africano”.15 Tras este estudio publicó el Coelum Australe Stelliferum, su obra más afamada. Recogió la posición de casi 9 800 estrellas y creó 14 nuevas constelaciones, las cuales existen hoy: Esculptor, Forma, Caelum, Pictor (originalmente se denominó Caballete del Pintor), Pyxis, Antlia, Telescopium, Microscopium, Norma, Reticulum, Horologium, Circinus, Mensa, Octans. Las constelaciones Carina, Puppis y Vela, constituían la antigua constelación Argos, que fue separada por Lacaille y publicadas en su catálogo póstumo en 1763.
Después de Lacaille, el cartógrafo francés Didier Robert de Vaugondy fue el primero en ilustrar las cuatro nuevas partes de la antigua Argo Navis, que a su vez se convirtieron en las últimas constelaciones reconocidas oficialmente.
Por otro lado no menos importante fue el trabajo del alemán Johann Elert Bode (1747-1826), quien por primera vez creó las fronteras para delimitar las constelaciones. Su Uranographia, de 1801, fue el mayor atlas celeste producido hasta ese momento. Se listaban más de 17 000 estrellas y más de 100 constelaciones, muchas inventadas por él. Este fue el último de los grandes atlas pintados.
Algunos astrónomos de la época trataron de establecer nuevas constelaciones en el cielo, Flamsteed llamó a la estrella principal de Los Lebreles “Corazón de Carlos II”, el astrónomo Asaph Hall colocó en el cielo el “Arpa de George” y las “Regadias de Federico II”, hasta un gato subió al cielo gracias al astrónomo Joseph Jerôme de Halande. La iglesia que no quería ser menos, propuso sustituir todos los nombres ateos de las constelaciones. Alguien llegó tan lejos que propuso llamar al Sol Jesucristo y a la Luna la Virgen María. Sería muy curioso en caso de un eclipse, la frase: “Ayer tuvo lugar el eclipse de Jesucristo por la Virgen María”.
Según lo visto hasta aquí, las constelaciones actuales, visibles desde las zonas templadas del Hemisferio Norte, tienen su origen en tres fuentes principales:
1. Las constelaciones zodiacales y parazodiacales (las asociadas con las zodiacales por situación o por su historia) se crearon en Mesopotamia entre los años 2500 a. C. y 500 a. C. Los mitos que las originaron no han llegado a nuestros tiempos casi en ningún caso, pero sí en muchos casos su nombre y las figuras que las representaban (mediante tablillas y cilindros-sello).
2. Las constelaciones circumpolares serían producto de las tradiciones de pueblos marineros del antiguo Mediterráneo. En ellas fueron decisivos los fenicios y los griegos, aunque su origen podría deberse a las tradiciones de la civilización minoica.
3. Los egipcios influyeron poco en la composición del firmamento clásico, aunque algunas constelaciones hayan transmitido sin ningún mito asociado. Los griegos fueron los que les proporcionarían mitos y representaciones, aunque de forma poco profunda y con numerosas variantes.
Todas estas tradiciones fueron ensambladas por los griegos de la época helenística y utilizadas en los tiempos modernos, por todos los astrónomos. Un último pueblo sería de gran importancia en este tránsito: los árabes, que a partir del firmamento clásico adaptarían gran parte de las constelaciones. Su más destacada aportación es la de poner nombre a la mayoría de las estrellas que lo tienen (aparte de la clasificación de Bayer, claro está), algunas veces haciendo referencia a antiguas tradiciones árabes y en la mayoría de las restantes refiriéndose a mitos clásicos.                                                                                                                       

 La constelación de Sagitario en el

Libro de las Estrellas Fijas, escrito por AL-Sufi. 

Atlas de Bayer. Engineering, & Technology.

Según lo visto hasta aquí, las constelaciones actuales, visibles desde las zonas templadas del Hemisferio Norte, tienen su origen en tres fuentes principales:
1. Las constelaciones zodiacales y parazodiacales (las asociadas con las zodiacales por situación o por su historia) se crearon en Mesopotamia entre los años 2500 a. C. y 500 a. C. Los mitos que las originaron no han llegado a nuestros tiempos casi en ningún caso, pero sí en muchos casos su nombre y las figuras que las representaban (mediante tablillas y cilindros-sello).
2. Las constelaciones circumpolares serían producto de las tradiciones de pueblos marineros del antiguo Mediterráneo. En ellas fueron decisivos los fenicios y los griegos, aunque su origen podría deberse a las tradiciones de la civilización minoica.
3. Los egipcios influyeron poco en la composición del firmamento clásico, aunque algunas constelaciones hayan transmitido sin ningún mito asociado. Los griegos fueron los que les proporcionarían mitos y representaciones, aunque de forma poco profunda y con numerosas variantes.
Todas estas tradiciones fueron ensambladas por los griegos de la época helenística y utilizadas en los tiempos modernos, por todos los astrónomos. Un último pueblo sería de gran importancia en este tránsito: los árabes, que a partir del firmamento clásico adaptarían gran parte de las constelaciones. Su más destacada aportación es la de poner nombre a la mayoría de las estrellas que lo tienen (aparte de la clasificación de Bayer, claro está), algunas veces haciendo referencia a antiguas tradiciones árabes y en la mayoría de las restantes refiriéndose a mitos clásicos.